Mostrando entradas con la etiqueta blog. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta blog. Mostrar todas las entradas

lunes, 31 de diciembre de 2012

Las campanadas de 2012

Del doce al uno, ahí van mis momentos de serie de este año:
12. La explicación gráfica de la incompatibilidad entre hombres gays y lesbianas (Modern family).
11. Una aspirante a Marilyn para un taxi a golpe de cadera en una calle de Nueva York (Smash).
10. La razón por la que nadie podrá volver a decir “no te asustes, Carl” (The walking dead).
09. Jeff Winger lanza el dado al aire (Community).
08. “Mi madre escuchaba tus discos cuando estaba embarazada de mí” (Nashville).
07. Las primeras palabras de Liddy Donaghy (30 Rock).
06. La cena precocinada en casa de los White (Breaking bad).
05. Unas copas a deshora en el bar (Homeland).
04. Hannah en la consulta de la ginecóloga (Girls).
03. La cita- encerrona de Louie y Laurie (Louie).
02. La fiesta sorpresa frente al ascensor (The good wife).
01. Hay que saber apreciar las cosas buenas a tiempo (Mad men).
Mad men ha dado este año The other woman, el tripi de Roger Sterling, la foto en la cartera de Lane Pryce, el Zou bisou bisou y una secuencia de final de temporada (hombre que camina solo con mujer al fondo) que podría haber firmado Orson Welles. Sí, Matthew Weiner es un pedante consciente de su talento pero eso no resta méritos a su serie, qué manía tenemos de celebrar la falsa modestia. Sabe lo que vale y lo que cuesta hacer lo que él hace: peleó frente a la gente que suelta la pasta y ganó y, en justa medida, nos ofreció una temporada colosal. Creo que el de la foto es el mejor momento televisivo del año: intenso, elegante, perfecto. A menudo se le recrimina a Mad Men que los actores no tienen libertad, que están encorsetados en las directrices de un geniecillo ególatra y marimandón pero, ¿desde cuándo es algo malo que los actores sean obedientes? In my opinion, sólo hay una serie que en el cómputo global no le anda a la zaga, pero hay que elegir una y este año Mad men ha sido la mejor con diferencia.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Olvidando viejos conocidos


“¿Deberíamos olvidar a los viejos conocidos y nunca más recordarlos?” Nora Ephron emplazó el desenlace de su guión más famoso en una fiesta de Nochevieja. El protagonista, Harry Burns, se preguntaba por el significado de esa canción con la que los americanos despiden el año: “¿Qué quiere decir la letra? Nunca lo he entendido”… Pensaba en eso mientras intentaba recordar un puñado de series que murieron como Ephron en el 2012 que ahora termina. En esta lista que os propongo no están ni las mejores ni las peores (bueno, una de ellas sí es lo peor); son unos cuantos títulos que ya no volverán para resolver las preguntas que me vienen a la cabeza cuando las recuerdo.
¿Por qué vivían juntos Loonie, Jerry, Marcus y Renzo?
Podría haber hecho un post de cincuenta páginas con las cosas que no entendí de Luck: ¿Qué le contaba Nick Nolte a su caballo? ¿Por qué Dennis Farina arropaba a Dustin Hoffman por las noches? ¿Era chroma la cristalera del yate de Michael Gambon? De todas ellas, sin duda, la que más me inquieta es ¿por qué vivían juntos Ian Hart, Jason Gedrick, Kevin Dunn y Richie Coster? Esta banda era… muy rara. Entiendo que hay aficiones que unen cantidad pero, más allá de echarse unas risas apostando o ponerse de acuerdo para comprar un caballo, los cuatro funcionaban como una versión chunga de Friends, cambiando la sofisticación pija del Village por la barriada y el subsidio. Esa convivencia en el motel puerta con puerta, esas cervecitas al final del día, esas tramas episódicas, esa tensión sexual no resuelta…

¿Qué les pasaba a los chicos de Gossip Girl?

Mirar estupideces con cierto valor estético es algo que toleramos en los museos de arte contemporáneo pero no en la televisión. Me he pasado seis años viendo esta serie, que es el equivalente a ojear una revista de moda con diálogos (tontos). De esta forma, comprenderéis que me parezca intrascendente perder (más) el tiempo estableciendo valoraciones sobre la conveniencia o no de que la Reina cotilla fuera quien ha terminado siendo. A mí lo que realmente me turba es ¿qué tipo de afonía crónica sufría Chuck Bass?, ¿qué le pasaba en el labio a Nate Archibald?, ¿quién le dijo a Dan Humphrey que le favorecían las camisetas de pico?

¿Estaba despierto Michael Britten?

Desde que tuvo claro que la estructura procedimental no le iba a funcionar, Awake se 
lanzó en plan kamikaze a darse el gustazo de montar un entreverado de traiciones conspirativas rollo noir que consiguió resolver en los pocos episodios de vida que le otorgó la cadena. El misterio de las realidades alternativas del policía interpretado por Jason Isaacs, sin embargo, se quedó sin resolver. ¿Me hubiera gustado un final más cerrado? Desde luego que no. Esa reflexión sobre la voluntad de ser feliz, por encima incluso del sentido común, es de lo más estimulante que hemos visto en 2012. En este caso es una suerte que dejaran la pregunta en el aire.





¿Quién le prometió a Claudia Bassols que sería la próxima Sofía Vergara?


Un decorador que frisa la cincuentena se casa por sorpresa con una latina cañón que podría ser su hija. Estereotipos racistas, chistes misóginos, un decorado reciclado de la peor sitcom de los ochenta y Rob Schneider sobeteando a una actriz hispana (catalana, en realidad) que habla un inglés inmaculado. Estas son las grandes aportaciones a la Historia de la tele de Rob, una serie que estuvo demasiados (ocho) capítulos en la CBS. Rob se parecía a Modern Family lo que un trozo de carne putrefacto a un solomillo. Cada ráfaga de risas en lata era como una bofetada en toda la cara; cada mirada lasciva, una arcada; cada supuesta agudeza del protagonista, una invitación a sacarte los ojos.

¿No había otra forma de conseguir que Susan nos cayera bien?

Según Teri Hatcher, ella era la protagonista de Mujeres desesperadas. Sus compañeras de reparto (con las que nunca quiso hacer pandi) y los fanáticos de la serie, insistían que que la de ABC era un producto coral. Sea como fuere, la trama que cerró casi una década de secretos muy mal guardados entre las liberadas de Wisteria Lane fue la del adiós de Susan Delfino a sus compañeras correveidiles. A esas alturas, estábamos ya saturados de sus patitas de alambre, su adolescencia perpetua y sus ensayadas torpezas. Los guionistas dieron en el clavo colocándola en el centro de un dramón que nos emocionó a todos. ¿Cómo no íbamos a acompañarla en el sentimiento?



¿Cuáles son tus preguntas en serie sin respuesta?

viernes, 21 de diciembre de 2012

La vida de Brody

Si el protagonismo (y no el caché) determinara el orden de los actores en los títulos de crédito, el nombre de Damian Lewis debería haber ido antes que el de Claire Danes en la segunda temporada de Homeland. El sargento Brody ha acaparado todas las tramas; también las de una Carrie que, ya medicada, centrada y enamorada hasta las cachas, ha evolucionado del despecho a la devoción incondicional. “No te fíes de él, no te fíííes: es un terrorista”, mientras sus compañeros de la CIA y los espectadores han estado esperando que el exmilitar se abra como una matrioska y revele otra sorpresa con la que no contábamos, ella hace tiempo que cree a pies juntillas que es sólo un tipo corriente en circunstancias excepcionales.
El carisma de Damian Lewis nos hace olvidar que Brody es, en realidad, un mandado; un personajazo de primera pero no un héroe; un tipo responsable, pero no un líder. Es sargento, el grado más bajo del escalafón de suboficiales, y lleva toda su vida obedeciendo órdenes: primero del ejército de los Estados Unidos y luego, de Al Qaeda. Quiere pensar que cuando apretó el detonador al final de la primera temporada estaba vengando la muerte de niños inocentes, pero lo cierto es que la voz que le dictaba las instrucciones no era la de su conciencia sino la de Abu Nazir. Como congresista ha resultado aún más pardillo, tratando de recomponer su vida, encontrar su propio camino y ser de nuevo una buena persona, y recibiendo a cambio extorsiones constantes de Nazir, de la CIA, de su mujer, de su hija. Nunca Brody fue tan él como en el capítulo quinto, después del interrogatorio, agotado, con la mano destrozada, tirado en el suelo en posición fetal y pensando: “dejadme en paz todos, no puedo más”.
Teniendo en cuenta que Homeland ha decidido ser más 24 que Rubicon podemos esperar cualquier cosa para la tercera temporada (a partir de aquí hay potenciales espóilers del último capítulo que emitirá FOX en V. O. el próximo domingo 23). También que Brody nos haga un keysersoze y nos deje con la boca abierta, revelando que ha sido él la mente perversa en la sombra todo el rato, y confirmando así la teoría de Saul Berenson de que ser terrorista imprime carácter. Sin embargo, la evolución lógica del personaje pasa por descubrir la nueva vida de Brody, la del rebelde, el marginado, el individuo independiente que no atiende a directrices ni a imposiciones. Y el reto para la serie es mantener la coherencia y evitar la tentación convertir a Nick Brody en Jack Bauer.


miércoles, 21 de noviembre de 2012

El ángel adolescente de Grease



La veterana era Rizzo que contaba treinta y cuatro primaveras y la más joven, con veinte, era Marty, la pechugona que sentía debilidad por los marineros y los presentadores de televisión. Que los protagonistas de Grease estuvieran más que talluditos para pavear por el instituto era uno de los chistes que mejor funcionaban. Sin embargo, a Randal Kleiser se le fue la mano cuando contrató a Frankie Avalon. El guiño caducó enseguida: el italoamericano había sido un ídolo de quinceañeras en la época en la que se ambienta el musical (finales de los cincuenta) y por eso a Frenchy se le caía la baba cuando bajaba las escaleras de aquel paraíso de bigudíes y secadores plateados para, básicamente, llamarla tonta. La idea era buena pero Avalon no es Elvis, un icono cuya popularidad y carisma traspasa generaciones. Cuando yo era pequeña en mi casa veíamos Grease un día sí y otro también; la recitábamos como el señormíojesucristo de los niños antiguos, pero siempre fastforwdeábamos ese número. Beauty School Drop- out es una de las mejores canciones de Grease, con una letra acidísima sobre el abandono escolar y la novelerías adolescentes, pero darle el papel de Teen Angel a un cincuentón acartonado literalmente caído del cielo le imprimió al número un tufillo rancio de especial en La Vegas que desentonaba con el desenfado juvenil que era el alma de la peli.  

Grease ha aparecido varias veces en Glee pero nunca le habían dedicado un capítulo monográfico. Por cierto, no voy a intentar justificarme por seguir viendo una serie que tras su brillante primera temporada no ha tenido más que algún chispazo aislado: la veo y punto. Glee tiene capacidad para sacar matrícula pero es vaga y autoindulgente; pasará a los anales sin pena ni gloria y yo perderé el tiempo hasta el último capítulo con ella porque soy una loca de los musicales. El relevo en un reparto de feos, gordos, geeks y lerdos por una caterva de bellezones pasivo agresivos le ha dado esta temporada la puntilla al espíritu outsider de la serie. Ya sé que ser guapo no lo es todo y Kate Moss se metía farlopa porque era profundamente insegura pero, por favor, no puedo tomarme en serio que esos chicos tan hermosos tengan algún complejo o problema de integración en el instituto. Y mira que me he tragado toda la vida que la preciosa Sandy Olsen de Olivia Newton- John -con sus treinta palos cumplidos- se sintiera pequeñita al lado del mujerón que era (es) Stockard Channing. Ya podían aprender los del McKinley High, que llevan cateando ironía desde primero.

Sólo sacan nota al crear sus propios clásicos versionando canciones populares. El capítulo titulado Glease (sexto episodio de la cuarta temporada, que se emitió la semana pasada en Estados Unidos) no está mal armado (alrededor de esas canciones, un episodio de Estamos Okupa2 nos parecería El abanico de Lady Windermere) y tiene un momento sobresaliente cuando Darren Criss le enmienda la plana a Frankie Avalon. Beauty School Drop- out versión Glee sólo tiene un defecto: reduce la canción a dos estrofas con lo que no podemos disfrutar del tema completo. La chica que hace de Frenchy es clavada a Didi Conn teñida de rosa; las angelettes no son tan graciosas como en el original pero bailan mejor y Criss, que canta como le da la gana, es un auténtico Teen Angel, tierno y socarrón. Tiene veinticinco años: hubiera encajado perfectamente en la media de edad de la promoción del 78. 



lunes, 12 de noviembre de 2012

Te quiero, Louie.


Cuando Lucille Ball buscaba una manera de ahorrar costes para la comedia que pretendía colocarle a la CBS y que terminaría convirtiéndola en la primera rachelgreen de la historia, se le ocurrió que grabar con tres cámaras a la vez frente a unas gradas llenas de gente que riera sus gracias reduciría el tiempo de producción y daría, además, mayor naturalidad al recoger las reacciones espontáneas del público. Así nació la sitcom. Sesenta años después, el jefazo de la FX John Landgraf sólo puso una condición cuando dio luz verde a la irreverente, anárquica y exhibicionista serie que Louis CK acababa de presentarle: “que no se pase del presupuesto”. Louie tiene en común con I love Lucy haber convertido sus limitaciones en virtudes e inaugurar de paso una nueva manera de contar. Gasta poco en sueldos: él produce, escribe, dirige, edita e interpreta. Cada capítulo es imprevisible, distinto al anterior y todo gira alrededor de lo que al demiurgo pelirrojo le venga en gana. Louie no es una sitcom, a veces, no es ni una comedia, y la vemos cuatro gatos: las posibilidades de que algo así se convierta en paradigma de nada son mínimas, pero eso no quita para que éste sea uno de los productos más rompedores de los últimos tiempos.

Hoy se estrena en España la tercera entrega de la semibiográfica y deshilachada historia de este cómico divorciado, padre de dos niñas y residente en Nueva York. Los desastres naturales en Centroamérica, el hambre en el Tercer Mundo, las enfermedades mentales, Ikea, los ancianos, la guerra en Afganistán, los trasplantes de genitales, la zoofilia, las citas a ciegas: los grandes temas y los resquicios más bizarros de lo cotidiano son su material cachondeable. Sin que te des cuenta, estarás llorando de la risa y él, tan campante, saltará de la escatología al existencialismo en la misma frase. Pero, para los que todavía no le conocéis, ¿cuál es la diferencia entre Louie y todo lo que ya has visto? Tenemos a Larry David y a Ricky Gervais desplegado en Andy Milman, David Brent y Derek. No cortarse en decir burradas (con talento) y afrontar la vida con desilusión hace tiempo que dejó de ser novedoso, ¿qué aporta Louis CK? ¿Qué le hace tan especial? La ternura. La auténtica trasgresión, para los que ya estamos curados de espanto, es otorgarle un mayor grado de profundidad al personaje: atreverse a poner verdaderas atrocidades en boca de un individuo que no es ni un misántropo ni un egoísta, pero tampoco un necio o un cursi. Louie es otro cínico contemporáneo y también es un tío muy majo. Sabe que portarse bien es casi siempre muy cansado y no tan gratificante; que ser bueno, coherente, responsable, legal, es un ejercicio de voluntad y no algo que sale de forma espontánea. Puede confesar haberse masturbado entre la caída de la primera y la segunda torre el día del ataque al World Trade Center y a la vez ser el padre más tierno, el enamorado más dulce y el desconocido más empático.

Los críticos siempre destacan la evidente influencia de Seinfeld en la combinación de stand- up comedy y ficción en la estructura de Louie, pero la tanda de capítulos que hoy arrancan en Canal+ dejan claro que el progenitor estilístico de la serie es Woody Allen. Además de la incorporación de Susan E. Morse como montadora de la serie, hay indicios de Manhattan, toneladas Annie Hall y un capítulo muy especial con una versión actualizada de Stardust Memories. Sus mejores películas has sido las nodrizas de CK, quien guarda en su despacho a modo de altar una carta enmarcada que Allen le envió y en la que se proclamaba admirador de la serie: “Tengo un Grammy, tengo un Emmy, me importan una mierda: esa carta sí que es un premio”, el vástago orgulloso ha adoptado otra de las señas de identidad de Woody: pagar a cualquiera que actúen en su show, sea una actriz en el candelero, un mítico director de cine o un pez gordo de la comunicación, el mismo sueldo que a cualquier mindundi del sindicato. 

La tercera temporada de Louie se estrena hoy a las 21.30 en Canal+ 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

La reina del country



Ya lo tengo decidido: mi serie de este otoño es Nashville. Estoy siguiendo con mucho interés los vaivenes profesionales, familiares y capilares de las dos divas de la música, Connie Britton y Hayden Panettiere. Hay que ver, con la tirria que le tenía a yo la maldita porrista de Héroes, le voy a terminar cogiendo cariño. No me juzguéis antes de tiempo; la niñata sigue siendo insoportable y en parte por eso es perfecta para encarnar a Juliette Barnes, la envidiosa advenediza white trash que amenaza con quitarle hasta el banjo a la veterana y aristocrática Rayna Jaymes (la Britton está que se sale a todos los niveles). Sé simpática, le aconseja su mánager a Barnes en el primer capítulo antes de presentarle a la gran señora del country, She’s royalty. La diminuta cantante, número uno de Los 40, carnaza de Gawker, idolina adolescente, le devuelve al tipo una mirada llena de odio y masculla un anda, no me fastidies: a Barnes le escuecen en ese momento como una picadura venenosa sus privaciones infantiles, la rulot sin seguro y la madre yonqui. ¿Acaso cree Jaymes, la princesita de Nashville que es mejor que ella? ¡Ja! Rayna tendrá el prestigio, el castillo, el padre millonario, el carnet del club de campo, el amor de película y la familia repipi, pero Juliette tiene las carnes prietas y mucha, muchísima hambre.

La serie pivota entre el melodrama canónico y el culebrón: por ahora pesa más la calidad que la necesidad de forzar los argumentos aunque, con cuatro episodios ya emitidos, ha tonteado en alguna ocasión con recursos facilones. La firma Callie Khouri que lleva veinte años viviendo de las rentas del Oscar por su guión de Thelma y Louise. Nashville demuestra que la que tuvo, retuvo: Khouri se ha marcado en su vuelta al ruedo un piloto fantástico con localismos y acentazo de Tennessee donde hillbillies que responden por Deacon, Scarlet, Lamar, Tandy y Jolene, intercambian diálogos con mucha clase. Khouri conoce los tejemanejes del negocio discográfico en los que se centra la acción de primera mano ya que está casada con el súper capo T-Bone Burnett, cuyos tentáculos se extienden por la serie en forma de asesor musical (Executive Music Producer). El matrimonio entre la historia y las canciones está muy bien apañado y la serie no da al pause cuando alguien se pone a cantar: los temas completan pasajes secundarios y subrayan los tramos sentimentales con elegancia. Como ejemplo, ahí va el final del primer capítulo a ritmo de la preciosa If i didn't know better. Obviamente, contiene espoilers.



viernes, 2 de noviembre de 2012

Con Tom Berenger en Madrid

Tom Berenger y una servidora el pasado lunes en la librería 8 ½ de Madrid.
El sendero de la traición es una película del año 88, así que es probable que llegara a los cines de Badajoz a finales del 89. Es una de esas historias con truco de Joe Eszterhas y su primera colaboración con el director Costa Gavras antes del exitazo de La caja de música. El protagonista, Tom Berenger, estaba entonces en el cénit de su carrera: tras una nominación al Oscar por Platoon había hecho La sombra del testigo con Ridley Scott, era un actor solvente y un macizo de primera. Ésa fue la película con la que yo descubrí a Berenger, quien de inmediato pasó a formar parte de mi álbum de fotos adolescente. Sin embargo, Tom Berenger no es, no ha sido nunca una estrella. No como lo fue entonces Kevin Costner, su compañero en Hatfileds and McCoys, la serie que le ha traído estos días de promoción a Madrid. Me falta ego, dice encogiéndose de hombros, no me preocupa el estatus. Y parece verdad: es un tipo pachón, afable y muy dulce con el que pasamos un rato estupendo el lunes, en un encuentro organizado por FoxCrime y #BirraSeries que tuve el placer de presentar. Su currículum es una inabarcable ristra de títulos en la que se mezclan secundarios de lujo en clásicos contemporáneos (Training day) y protagonistas en sagas de serie B (Sniper); morralla alimenticia con trabajos para autores como Richard Lester, Robert Altman o Richard Brooks. Se partía de la risa hablando de su papel en OrigenNo me enteré de nada: ni cuando leí el guion ni cuando la vi en el estreno. Y hay niños que la pillan a la primera

Es probable que a su condición de actor que no se da importancia contribuyera el hecho de que él alternó el cine con la tele cuando las series era ese barrio donde las verdaderas estrellas no se dejaban caer. Apareció como invitado en la pionera Sigue soñando y en la mítica Cheers, ha hecho procedimental (Turno de guardia), cable (Peacemakers) y dramedia (October road), pero en privado confiesa que usa poco el mando a distancia: No he visto Homeland pero le han dado un montón de Emmys así que debe ser buena. A la hora de trabajar, lo tiene claro: no hay diferencia entre los dos medios, para él todo es cine, y Hatfields and McCoys, una de vaqueros renegados, es buen ejemplo. El director es quien manda, y él creó a Jim Vance, un cruce entre un mapache rabioso y un enano de jardín desquiciado, de la mano de Kevin Reynolds. A pesar de que uno de los guionistas de la serie, Ted Mann, lo fue también de la catedral del “western verité”, Deadwood, Berenger rechaza las similitudes con la obra de David Mich: Lo único que tiene en común con Hatfields and McCoys es Powers Boothe (Cy Tolliver, el rey del juego y las putas de Deadwood, algo menos atildado en esta ocasión como integrante del clan familiar de los Hatfield).

Compara los tres meses que pasó en Rumanía para el rodaje de Hatfileds and McCoys con su experiencia en Filipinas en el 86 con el reparto de Platoon. Cuenta cómo los baqueteaban para que dieran el tipo como soldados de Vietnam, que les obligaban dormir en el barro, que se hicieron una piña, y de repente para y sonríe: Fue duro pero, qué bien lo pasamos... A saber las que no montarían con Kevin Dillon, Johnny Deep, Charlie Sheen y Williem Dafoe en la pandilla. Acabo de terminar una película con Williem; ha sido bonito, treinta años después· 

Hatfileds and McCoys se estrena el 7 de Noviembre a las 22.30 en Fox Crime

martes, 23 de octubre de 2012

¿Quién es Erik Weiner?

Madrid | 23 OCT 2012
A golpe de Google no he podido constatar que este Weiner sea pariente de Matthew, el dueño y señor de Mad Men. Eso explicaría que a los treinta y tantos y con esa pinta de interventor de diputación de provincias ya haya trabajado con Steven Soderberg, Terrence Winter, Josh Whedon, John Wells, Sidney Lumet, Darren Star y David Chase. Sus personajes son siempre episódicos cuando no directamente de relleno, pero desterrado el nepotismo y teniendo en cuenta que aún no ha demostrado si es buen o mal actor, soy incapaz de decidir si lo suyo es producto de la suerte o de la cabezonería.

Te suena su cara porque se parece a muchas otras personas que conoces, aunque también es probable que le recuerdes porque te has tropezado con él en unas cuantas series; la última, The New Normal donde interpreta a uno de los miembros de la pandilla de Justin Bartha. Su papel de más enjundia hasta la fecha ha sido el del agente Sebso, el compañero del pirado de Michael Shannon en la primera temporada de Boardwalk Empire. En 2005 participó en un experimento de HBO producido por George Clooney titulado Unscripted, que ridiculizaba las tribulaciones de actores en ciernes en Los Angeles. Weiner, al contrario que aquellos pardillos, tiene claro cómo hacerse notar y sabe que es difícil que nadie vaya a destacar su fotografía del montón. Así que, entre un trabajo y otro, escribe y protagoniza sketches de coña que distribuye por Youtube o Funny or die. Puede que éste, en el que también sale Olivia Munn, no te haga mucha gracia; o que este otro sobre la discriminación de los niños heterosexuales en San Francisco te parezca un poco largo; pero seguro que te harás fan de él cuando sepas que es el autor y protagonista del viral One line on The Sopranos. A partir de ahora cada vez que veas su frente despejada asomar en otra serie señalarás la pantalla y sonreirás como si fuera un amigo de toda la vida.


miércoles, 17 de octubre de 2012

La tía buena y la modistilla



Lo sé, es un rollo que para hablar de Revolution tengamos que aludir una y otra vez a Perdidos. Es como haber salido con una famosa y años después de cortar, con tu recién estrenada pareja del brazo, todos siguieran recordándote a la primera: “y de fulanita, ¿no sabes nada?” A ver, que te estoy presentado a la nueva. Vale, a simple vista es un clon de aquella pero de verdad que no pueden ser más distintas. “Sí, ya…” En la comparación Revolution- Perdidos es cierto: parecen la misma cosa. La diferencia es que una era una glamurosa y despampanante modelo y la otra es una ordinaria modistilla.

Como casi todo el mundo que la vio en su día, reaccioné ante Perdidos como un hombre motivado ante una tía buena: me quedé con la boca abierta. En palabras de López Vázquez aquello era un monumento. No era perfecta, según como le diera la luz, le podrías ver los fallos, pero era tan arrebatadora que me dejé seducir por su encanto y me convertí en una rendida admiradora. Bailé extasiada Make you own kind of music, canción que marca el clímax de mi enamoramiento (y el de muchos otros: es el momento con más audiencia de toda la serie), y pensé que había entrado en una nueva dimensión. Un día su fatuidad, esa que siempre había estado ahí pero que yo me negaba a ver, cobró mayor presencia y se me cayó la venda. Repetía las mismas tonterías una y otra vez y, en cada encuentro que teníamos, la sensación de bochorno iba en aumento. Yo que la había exhibido con orgullo, me avergonzaba de seguir con ella. Mantuve la relación hasta el final, con altibajos, con momentos más o menos divertidos, con algún chispazo pero, sobre todo, con una monotonía angustiosa. A punto estuve de tirar la toalla mil veces y respiré aliviada cuando se murió.

Todo lo que a mí me gustaba de Perdidos está en Revolution. El juego de supervivencia, los dilemas morales de individuos posmodernos obligado a volver a las cavernas, la teoría de los seis grados de separación (título de mi serie favorita de Abrams, por cierto). Además, rasgos que me sacaban de quicio de aquella, como las falsas pretensiones, la arrogancia, la vanidad, han desaparecido en esta. ¿Por qué, entonces, no he vuelto a tener un subidón con ningún capítulo de Revolution como el que tuve con Perdidos?

Lo cierto es que no puedo quitarme de la cabeza la imagen de la modistilla estudiando a la famosa minuciosamente, copiando sus señas de identidad, sus cliffhangers imposibles adornados con violines chirriantes, sus teorías de la conspiración teñidas de maldiciones, sus arrebatos sediciosos estampados de trascendencia. Las galas que Perdidos lucía con taconazo y paso firme, Revolution las ha adquirido en versión H&M.

Asumido pues que Revolution no me va a sorber el seso, voy a seguir viéndola. Me cae bien y echo el rato. Los mejores momentos que paso con ella me provocan una punzada de melancolía pero es que no tiene mucho más que ofrecer, la pobre. Puede que un día me aburra, la deje y no me acuerde nunca más de ella hasta que no me la encuentre en una lista de series que quisieron ser y no fueron. O quizás, esto es harto improbable, desarrolle personalidad propia y logre seducirme; entonces me casaré con ella y me arrepentiré de haber confesado todo lo anterior.

Revolution se emite en SyFy a los miércoles a las 22, 20

lunes, 8 de octubre de 2012

Pactar con el diablo



Lejos de tomarse en serio el dilema moral de Fausto, 666 Park Avenue se presenta como un entretenimiento frívolo en el que un diablo que no se conforma con cualquier cosa y aburrido de que los humanos sean víctimas tan facilonas, busca el reto de corromper a los individuos más guapos, inteligentes, talentosos y con los más recios principios. El sitio elegido, claro, es un Nueva York plagado de veleidades artísticas y ambiciones frustradas. Terry O’Quinn es Gavin Doran, millonario Belcebú propietario de un edificio imponente de la zona norte de Manhattan al que llega una pareja de jóvenes idealistas, político en ciernes él, licenciada en arquitectura ella, buscando emplearse como guardeses de la finca a cambio de un piso con vistas al parque. El bloque de apartamentos, el Drake, es el redil donde Doran y Olivia, su mujer (y qué mujer, Vanessa Williams) tienen controlados a sus potenciales objetivos: un dramaturgo que no consigue escribir nada y que se pasa las horas muertas deseando a la vecina golfilla de enfrente a espaldas de su castradora esposa; un conserje que anhelaba el puesto de los recién llegados; un viudo dispuesto a matar con tal de volver a abrazar a su mujer; y una niña rara (qué tipo de casa encantada sería ésta si no un hubiera una) con poderes mentales. El Drake es un parque temático del terror, apariciones en camisón con el pelo sobre la cara, pasillos larguísimos con puertas a los lados, mosaicos demoníacos: un umbral del infierno en toda regla. El eficaz piloto dirigido por Alex Graves, responsable del mítico episodio en directo El debate de El ala oeste de la Casa Blanca, exprime las virtudes estéticas del edificio que toma como referencia real el Ansonia, una de las fachadas que en Hannah y sus hermanas las pazguatas Dianne Wiest y Carrie Fisher visitaban con Sam Waterston. Curiosamente es su hijo, el también actor James Waterston, quien interpreta en 666 Park Avenue al primer inquilino que sufrirá en carnes propias el altísimo precio de hacer negocios con el luciferino Doran. Miedito de intensidad moderada y mucha gente guapa, el arranque es muy parecido a la película de Taylor Hackford de 1997 Pactar con el diablo. Esperemos que la audiencia dé tregua (el estreno ha ido flojo en USA) y que como en aquella, haya desparrame de perversiones por el Upper East Side.

666 Park Avenue se estrena hoy 9 de octubre a las 22. 25h en Calle 13. 

Entradas relacionadas:

Hablando de 666 Park Avenue en La Script

lunes, 1 de octubre de 2012

Cuestión de percepción

Eric MacCormack presentando Perception en Madrid el jueves pasado. A su lado, el inefable Eddie Vidal.

Uno de los culebrones del verano ha tenido a Matt Bomer en la picota tuitera y a Brett Easton Ellis tecleando frenéticamente comentarios malintencionados a propósito de un rumor que colocaba al actor como opción favorita para la adaptación cinematográfica de 50 sombras de Grey. El autor de American Psycho, postulante a guionista del bestseller calentorro de E. L. James, ha derrochado sorna y mala baba afirmando que el protagonista de Ladrón de guante blanco es demasiado homosexual para interpretar al pichabrava Christian Grey. Una chorradita que ha avivado debates muy rancios, muy aburridos y muy superados sobre el encasillamiento de los actores a consecuencia de su opción sexual o la de sus personajes.

Nunca me hizo gracia Will y Grace pero no se puede negar su contribución histórica: fue la primera serie que colocó sin contemplaciones a un gay como protagonista en primetime y en abierto. La sitcom creada por David Kohan y Max Mutchnick, nació a finales de los noventa alentada por el éxito de Philadelphia, cuando todos los machos de un Hollywood en proceso de desmelene buscaban emular a Tom Hanks encontrando un homo a su medida. Aun así, Eric MacCormack, actor hetero que interpretó al personaje principal de la serie durante ocho años, reconoce que dudó antes de aceptar el papel que le cambió la vida, en este caso para bien. Nos lo contó el pasado jueves en un encuentro organizado por AXN y #BirraSeries con motivo del estreno de su nueva trabajo, Perception. MacCormack, un tipo simpático y disfrutón, a juzgar por el entusiasmo con el que ha comentado su estancia en Madrid, admite que la gente le sigue identificando con el icónico Will, pero él se siente muy agradecido y es consciente de que sin ese encasillamiento, llámalo encasillamiento llámalo devoción incondicional de todos sus admiradores, hoy no tendría una serie de investigación con su nombre encabezando los créditos.

Producida por ABC Studios y emitida por TNT, Perception es un procedimental con protagonista peculiar (esto es un género en sí mismo) de los que enmiendan la plana a la policía y que, por descontado, es tan brillante en su labor profesional como desastre es en lo personal. Tiene algún tipo de dolencia paranoide, recurso usado de forma cicatera en el piloto para golpes de efecto previsibles y chanzas que no desentonarían en una de Mariano Ozores. Capítulos autoconclusivos, tramas humanas, Perception suma todos los ingredientes que gustan a los aficionados a los dramas policiales: el primer episodio incluso cuenta con Jeremy Ratchford haciendo el mismo papel que en Caso Abierto. Tiene confirmada una segunda temporada y se estrena esta noche en AXN a las 21.15

Entradas relacionadas: 

Mamá, hay un gay en mi tele


Summer Season and Fall Preview@NYC (2012)


miércoles, 26 de septiembre de 2012

Los injustos Emmys del 2012


25 de septiembre de 2011



No es justo que el merecido triunfo de Homeland en los Emmy haya sido a costa de la humillación de Mad Men. Lo que más me duele de la derrota de los chicos de Sterling Cooper no es que su mejor temporada hasta la fecha, la quinta, se fuera de vacío, sino que haya tenido que aguantar la vergüenza de ver tres de sus historias más brillantes, de sus guiones más perfectos, equiparados a esa mamarrachada folletinesca que es el séptimo episodio de la segunda temporada de Downton Abbey. ¿La ridícula curación del primo Matthew se puede comparar con el brutal paso al frente de Joan? ¿La grotesca pasión por la criadita de Lord Grantham con la foto en la cartera de Lane Pryce? ¿El cambio de personalidad esquizoide de Edith con la natural evolución de Peggy? Qué desatino.

No es justo que obliguen a Jimmy Kimmel a presentar la gala si no le apetece. El turno de emisión (cada año el evento lo da una de las cinco grandes cadenas en abierto) cayó esta vez en la ABC, que le encargó a su hombre del late night, Kimmel, conducir los chorrocientos minutos de celebración televisiva. Los clips eran muy aburridos y Kimmel cubrió expediente con un rictus permanente de yo no quería, es que me han liado. Mucho más motivado estuvo Louis CK que acudió con corbata y sin camiseta. Recogió dos merecidos galardones y le hizo su caída de ojos de perrillo despistado a Amy Poelher, imbatible como cada año en ser protagonista sin recibir ningún premio; qué no daría yo por verla presentar la gala al alimón con su amiga Tina Fey. Otro tándem clásico en el que siempre puedes confiar para echarte unas risas cuando estás a punto de quedarte frita es el formado por Jon Stewart (¡diez estatuillas tiene ya el Daily Show!) y Stephen Colbert, que ayudados esta vez por Jimmy Fallon, protagonizaron el mejor gag de la noche.

No es justo que todos los que flipaban con Homeland hace unos meses, de repente consideren exagerado el reconocimiento a su protagonista masculino. Simpático y elegante estuvo Damien Lewis en su discurso de agradecimiento, adorable Aaron Paul y humilde Kevin Costner. No me veo capaz de descifrar el estado de ánimo que se ocultaba tras la máscara fruncida a los laterales de la cara de Jessica Lange. Su Constance Venable, digo Langdon, reina del oneliner 2012 con permiso de Maggie Smith, tenía el premio asegurado. Como también lo tenía la Carrie Mathison de Claire Danes: la intérprete del personaje más difícil del año recogió el Emmy en un Lanvin amarillo que le sentaba fenomenal a su peculiar (y embarazada) figura.

No es justo que la falta de rigor en la categoría de Miniserie y TV Movie dejara fuera de la competición a la mejor peli del año, Page Eight. La ganadora no hubiera variado, no obstante. Con las elecciones americanas a la vuelta de la esquina, la mayoría demócrata en la sala no podía dejar de ratificar a la ejemplar Game Change. Su contundente victoria confirma a Danny Strong, premiado como guionista y autor también de El recuento, como el cronista de ficción política preferido de la HBO. No está mal para el nerd más nerd de Sunnydale.

No es justo que el Emmy de Tim Van Patten pese lo mismo que el de Jon Cryer, un reconocimiento el de Mejor actor de comedia que no tuvo ninguna gracia, por cierto. Sin embargo, la absoluta supremacía de Modern Family a mí sí me parece justa: cada uno tenemos nuestras preferencias pero no se puede discutir que la de Levitan es la comedia más grande en activo. No hubo espaldarazo para el #SixSeasonsAndAMovie de Community ni subida a los altares de Lena Dunhan. Mejor. Supongo. Ya tendrá tiempo de demostrar lo que vale. Qué marujil y qué envidioso me ha quedado este último comentario. Pero es justo, ¿no?