jueves, 5 de septiembre de 2013

El espía de al lado

The Americans no es sólo una serie ambientada en los ochenta sino que plantea una premisa tan descabellada que bien podría haber sido el argumento de una película de aquella época. Los protagonistas son una pareja de espías rusos que viven infiltrados en Estados Unidos desde hace años como una anodina familia del suburbio más, con la valla de madera, los niños y los coches de fabricación nacional. En mitad de una operación de alto riesgo, con un Reagan eufórico de poder, ¿quién se les muda a la casa de al lado? Un agente federal especializado en contraespionaje. Por puro azar. Ya es mala pata.
Va de espías, pero no se parece a Homeland; es una producción “retro”, pero está a años luz de Mad menThe Americans ofrece algo mucho más ligero, más accesible, sin que esto suponga un demérito en la calidad. Todo lo contrario. La serie va cogiendo cuerpo, combinando con habilidad las aventuras, la acción, con la historia de amor desincronizada de Phillip y Elizabeth Jennings (Matthew Rhys y Keri Russell), dos personas que se entregaron en cuerpo y alma a la causa soviética cuando apenas eran unos adolescentes y que han alcanzado la madurez en plena fantasía occidental. Él se siente tentado de abandonar la militancia, simplificar su vida y ser feliz con su familia, mientras que ella se empeña en mantener la cerrazón ideológica, radicalizando su compromiso hasta las últimas consecuencias. The Americans no pierde el tiempo valorando quién tenía la autoridad moral en la Guerra Fría (imaginaos la misma serie aquí, en España, con nuestra eterna obsesión con dejar claro de qué lado está cada uno, menudo rollazo); tan despiadados son los métodos de la KGB como los del FBI, tan devastadores los traumas en Leningrado como en Washington. En la puerta contigua, el agente Beeman y su mujer (espléndidos Noah Emmerich y Susan Misner) son otro matrimonio en crisis también por culpa de la causa, la otra causa, la del otro lado. El telón de acero es sólo un mcguffin; bastante tienen los personajes con poner en claro qué quieren hacer con sus vidas, contentar a sus jefes (Margo Martindale, de nuevo haciendo súper villana camuflada de mujer entrañable), mentir a sus amantes, lucir bien con pantalones sobaqueros y copular a ritmo de Phill Collins. Cuánto sufrimiento.
The Americans se estrena con doble capítulo esta noche en FOX a las 21, 30

miércoles, 14 de agosto de 2013

Zorras entre rejas

La reina del binge watching estival, la niña bonita de las redes sociales, a todo el mundo se le cae la baba con Orange is the new black. Los trece episodios de las desventuras de Piper, la pija newyorkina que tiene que abandonar vida y novio ideales para pagar en prisión por un delito que cometió hace diez años cuando era la amante de una narcotraficante internacional, se estrenaron de golpe hace tan sólo un mes. Su distribuidor legal, Netflix, el videoclub más exitoso de la historia, no quiere decir los números reales, pero ha confirmado que su plataforma sigue ganando suscripciones tras la estela de House of cards y Arrested Development. La sátira carcelaria gusta a todos los grupos de jóvenes adultos y ha convencido a la mayor parte de la crítica falocrática. Tiene gracia la cosa porque Orange is the new black es mucho más una “serie de chicas” que un drama de cable transgresor. Es un buen ejemplo de ficción sin complejos, ni demasiado blanca ni demasiado oscura.
De Sin remisión a Chicago, las mujeres en la cárcel es un argumento que ha dado mucho juego en el audiovisual de toda la vida. Tirando de los mismos clichés, el tema cuajó a partir de los sesenta y setenta con las pelis WIP (Women in prison), subgénero del softporn exploitation que casi siempre contaba la misma historia: una inocente jovencita entra en la cárcel (por error, por un delito menor…) y es sometida a todas humillaciones conocidas. Guardianes sádicos, alcaides corruptos, reclusas envidiosas, un no parar de violaciones, motines orgiásticos y mucha bollería nada fina. El lesbianismo, bien era la manifestación cruel de una represión enquistada, bien la salvación afectiva para la protagonista; el mayor castigo (la pérdida de la “feminidad”) o un respirito, un oasis de disfrute entre tanta depravación y crueldad. Jenji Kohan se lo ha pasado pipa mezclando todas estas variables para su sleeperdel verano.
Orange is the new black bebe directamente de la tradición machista del porno más violento, ésa que asume que a todas las mujeres nos gusta que nos metan caña. Rinde homenaje también a Oz, la decana de las series rebeldes; toma de ella la integración de los flashbacks en las tramas capitulares, los enfrentamientos tribales, la organización del día a día en la prisión y, sobre todo, la idea de que el amor dentro de una cárcel, como el libre albedrío, también está condicionado y sometido. Claro que Orange is the new black es un pastiche hecho con mucha guasa, una broma muy bien planificada que ofrece como resultado el producto femenino por antonomasia: una comedia romántica. La odisea de Piper es, básicamente, su dilema amoroso; la columna vertebral de la temporada es a qué ritmo late su corazoncito. El resto de elementos certifican se trata de un buen producto, aunque esté hecho con mucho cachondeo. Desde la ligereza de sus fenomenales diálogos a esa mezcla de pedantería y cultura pop (“En otras cárceles hacen Shakespeare y mierdas de esas. Yo quiero interpretar un gran papel como Desdémona, Ofelia o Claire Huxtable”) o esos guiños tan bien colados, como ver (de nuevo) a Jason Biggs masturbándose, o que Jodie Foster dirija un capítulo titulado “Lesbian request denied”.
Parte de la gratificación de ver Orange is the new black estriba en un festivo cuadro de personajes interpretados por un reparto ensamblado con precisión. Taylor Schilling tira las frases con naturalidad y socarronería; Laura Prepon ha creado una discípula aventajada de Shane McCutcheon, una chica con la que todos querríamos enrollarnos, cañera, misteriosa, vulnerable, sexy; Mr. Healy, Red, Nicky, Chapman, Crazy eyes, Miss Claudette, Sophia, Pornstache, Pennsatucky, la penitenciaría de Litchfield representa una gran nave de los locos buenista donde, aunque los referentes morales estén dispersos, cualquiera está dispuesto a echarte una mano. Aunque sea al cuello.

jueves, 1 de agosto de 2013

MIS premios Emmy

Cuando nos faltan argumentos para defender una opinión podemos sentirnos tentados de insistir en la extravagancia con tal de mantener nuestra postura. La gente de la Academia de la Televisión, los que entregan los Emmy, odian a Matthew Weiner. Le humillaron el año pasado y pretenden hacer lo mismo este año ratificando que, para ellos, los guiones de Downton Abbey son premiables y los deMad men, no. No existen tampoco razones para que The good wife, la otra gran serie contemporánea (con permiso de Breaking bad), sofisticada, influyente, inconformista, no esté nominada. Los votantes ceden con facilidad a las agresivas campañas de márketing de las cadenas y a las modas, así que no olvidemos, cuando haya que hacer valoraciones sobre los ganadores, que todo esto es una tontería muy grande.
Como decía, los académicos se pirran por la serie de Julian Fellowes y su rollo los ricos también lloran arriba y abajo, y se obcecan en dignificarla a sabiendas de que es un subproducto. Si tanto les gustan los culebrones podrían haberse acordado deNashville, una serie capaz de mantener tono marujo sin rebajar la calidad. Como esto no tiene ni pies ni cabeza, se trata de ser macarra, de no atender méritos objetivos y hacer lo que a cada uno le venga en gana, yo he hecho lo propio y he elaborado una lista con mis preferidos entre los candidatos. Ojo, no son “mis favoritos”; cuando llegue el momento de las porras y de apostar dinero, elegiré otros nombres. Me sorprendería que los de aquí abajo ganaran algo más que un primer plano favorecedor cuando premien a otro. Son los que me gustan a mí, mis elegidos, por las razones que sean, las que a mí me ha dado la gana destacar. A saber:
Demasiado guapo para que le tomen en serio, demasiado vulgar para ser una estrella fuera del plató, Jon Hamm es un actor de cuerpo entero (no hagáis chistes), clásico, eficaz y cumplidor. Su Don Draper desconcertado es una gran composición llena de matices y el protagonista masculino del año. El premio secundario de drama se lo daría a Charles Dance, pero como no está nominado, es de justicia que lo herede su odiado hijo en la ficción, Peter Dinklage, corresponsable, además, de algunos de los duelos dialécticos más divertidos que hemos visto esta temporada. En comedia, me apetece ver subir a Alec Baldwin al escenario. Por esa sonrisa entre lágrimas final de Jack Donaghy, porque se le ha quedado un tipín estupendo con la dieta y el yoga, y porque estoy enganchada a su podcast Here’s the thing. También me quedo con Ty Burrell. Dentro de unos años se marcará unbryancranston y entonces todos estaremos de acuerdo en que, no sólo es un actorazo, sino también un tío muy bien parecido. Nadie debe quitarle su standing ovation a la maricona de Michael Douglas, ni siquiera Toby Jones, quien se sale como el perverso sátiro y egoísta Hitch de The Girl, una peli que no aparece entre las seleccionadas de su categoría y, sin ser una maravilla, es una obra maestra comparada con La Biblia o Political Animals. Desaparecido está también el petrificado y descacharrante cirujano que interpreta Rob Lowe en Behind the candelabra, uno de los grandes aciertos de la peli. Sí está nominado James Cromwell, que se ha atrevido a dignificar un personaje como Arthur Arden, o sea el Doctor Mengele reescrito por Ryan Murphy. Mis ‘guest star’ van para Bobby Cannavale, por hacer soportable la cuarta temporada de Nurse Jackie, y para Harry Hamlin, alguien que sabe que más vale una frase en una buena serie, que encabezar los créditos en un dramón de Lifetime (chúpate esa, Corbin Bernsen).
Quién quiere retratos femeninos autoindulgentes y ejemplarizantes. Para mí, las señoras del drama del año son las miembros del club de las esposas cabronas,Robin Wright y Anna Gunn. Alfa y omega en términos estéticos, brillantes interpretaciones de mujeres interesadas, antipáticas y manipuladoras. Claire Underwood, como aquella otra mantis de Lunas de hiel, le recuerda a su marido cada día que, todo lo que él hace, lo puede hacer ella mucho mejor. Por su parte, Skyler White se ha revelado como la única antagonista (sí, esa es su función, de un tiempo a esta parte) a la altura de Heisenberg. Más buena que el pan es, sin embargo, la Sheila de Shameless, una locatis que nos ha permitido apreciar los matices dramáticos de la comicaza Joan Cusack. Otra demente (esta sí) peligrosa que cambia de registro es Melisa Leo en Louie, en la cita a ciegas más bizarra de la Historia. Y cuerda, aunque todos se empeñen en desquiciarla, está Lana Winters (Sarah Paulson) en American Horror Story: Asylum, magnífico homenaje sáfico a las grandes damas del melodrama de los cincuenta y sesenta. No soy seguidora deParks & Recreation y, sin embargo, le daría con gusto el protagonista de comedia a Amy Poehler; por la ceremonia de los Globos de oro y porque, como cada años, improvisará el mejor sketch de la gala. Otra tía que es vis cómica con patas es Jane Krakowski. Sí, quiero ver a Jenna Maroney recogiendo un Emmy y comprobar si reprime las ganas de cantar. Las reacciones de los premiados son un incentivo como cualquier otro: esa displicencia serena de Helen Mirren, “Huy, qué bien, estaba yo echándome unas risas con Taylor y mira lo que me habéis dado”, cuando le entreguen su enésimo (merecido) galardón por controlar los respingos cada vez que a Al Pacino le daba un ataque en Phil Spector, y por conseguir que las florituras deDavid Mamet suenen tan naturales como la lista de la compra. Por cierto que éste, siendo teatral en exceso, es mucho mejor guión que el de LaGravenese (Behind the candelabra), que flojea en diálogos y en estructura. De los contendientes en drama, nadie le hace sombra al ejemplar “Say my name” de Thomas Schnauz, y en comedia, aunque sólo esté nominada una mitad, brilla la mejor película de Woody Allen de los últimos tiempos, el “Daddy’s Girlfriend” de Louis C. K.
La realización de Steven Soderbergh para Behind the Candelabra no es para matarse, pero es la mejor entre las miniseries y películas. En drama, la veteranaLesli Linka Glatter tiene un currículum televisivo tan impresionante como ridícula es su carrera cinematográfica. Este año supera con creces al irreductible Tim Van Patten, que ha utilizado la tercera temporada de Boardwalk Empire para hacerle la pelota al jefe y homenajear todas las películas que le gustan de Scorsese. El piloto de House of Cards de Fincher es impecable, pero palidece ante la sencillez y la fuerza que Glatter derrocha en el intenso capítulo del interrogatorio a Brody (Homeland, “Q&A”). Aunque si ha habido un ejercicio de dirección soberano este año, pese a quien pese, ha sido el de Lena Dunham por el “On all fours” de Girls, ese capítulo donde Hannah hace eso con el bastoncillo de las orejas, donde Marnie hace eso en la fiesta y, sobre todo, donde Adam le hace eso a su novia. Cómo está de bien rodado. Qué jeta.

lunes, 22 de julio de 2013

La trilogía maldita de Sorkin

¿Empieza la segunda temporada de The Newsroom con una disculpa? A mí me parece que sí. El capítulo arranca con una retahíla de frases condicionales (“qué hubiera pasado si…”) que suenan a revisión de errores pasados. ¿En qué nos hemos equivocado? Esa idea se lanza en los primeros cinco minutos y sienta el tono del episodio. Están todos más calmados, más serenos; igual de resabiados que siempre, eso es lo que más nos gusta, pero mucho menos agresivos. Incluso Will McAvoy, desde su atalaya, tiene una actitud contrita. Sigue siendo ese locutor soberbio y prepotente, pero ya no le notamos mad, mad as hell como el año pasado. Algo ha ocurrido. Algo gordo.
De todo lo que fallaba en la primera temporada de The Newsroom, y era bastante, la manera anárquica, desganada y displicente de contar la historia era lo que separaba a ésta de las grandes obras de Sorkin. No pasa nada. Podemos admitir que The Newsroom es un producto menor de uno de los grandes autores contemporáneos. Esto no implica que haya perdido el mojo, que ya no le salga o que esté en decadencia. Cualquier cosa que Sorkin haga siempre ofrece unos mínimos muy por encima de la media. A sus más fieles perrillos, entre los que me cuento, nos cuesta asumir que no siempre acierta, igual que la legión de resentidos que nunca le han soportado se frotan las manos en cuanto pincha en hueso.
Sigo pensando que esta fábula sobre el poder y los medios de comunicación que visita cada cierto tiempo le funcionó mucho mejor en el ambiente deportivo (Sports Night, 1998) y del entretenimiento (Studio 60 on the Sunset Strip, 2006). La metáfora era mucho más sutil y la arenga menos contundente, más elegante. Pero hay otra cosa que une a esta trilogía de la tele dentro de la tele: el fracaso. Ninguna se ha ajustado a lo que se demandaba de ellas en su momento. Sports Night se adelantó a su época proponiendo una dramedia que plantaba cara al encorsetamiento de la sitcom y Studio 60 hizo de su capa, un sayo, ignorando las demandas de la tele en abierto; ambas se empeñaban en romper los ritmos, querían ser cable todo el rato. Pagaron cara su rebeldía con unos datos de audiencia desastrosos. The Newsroom no ha de adaptarse a ningún esquema; HBO le concedió carta blanca y, sin embargo, es la más convencional de las tres. Sorkin tienen una nueva oportunidad con estos diez episodios de encontrar pulso, alma y personalidad para The Newsroom, eso que la haga especial, que la distinga de sus predecesoras y que nos haga sentirnos orgullosos a los cuatro que la veamos.
The Newsroom se emite en V.O.S en CANAL+2 los lunes a las 23.30h.

miércoles, 3 de julio de 2013

Asesinato en la línea

¿Matamos igual en el Norte y en el Sur? Asumidos los estereotipos en cuanto al trabajo, la gastronomía y la querencia al cachondeo, me pregunto, ¿hay también idiosincrasia en el crimen? Está a punto de estrenarse The bridge, la versión americana de una de las mejores series que vi el año pasado, la nórdicaBron/Broen. Un cuerpo de mujer aparece atravesado en la línea divisoria de El Paso con Ciudad Juárez y dos policías, cada uno de un lado de la frontera, tendrán que colaborar en la investigación. En la serie original, el descubrimiento del cadáver se producía en el puente de Oresund y gran parte de las particularidades de la investigación estribaban en el pique entre los suecos y los daneses. Además, el asesino era “muy septentrional”, o sea, sin reventar el argumento, tenía ese tipo de características, la asepsia, la metodología, la infalibilidad, propia de un fabricante de Volvos. He tenido la oportunidad de hincarle el diente al primer episodio de The bridge (FOX organizó un pase para blogueros hace unos días) y en él queda claro que el cambio de latitud será uno de los platos fuertes. La curiosa (bilingüe, terrorífica, corrupta, hipócrita) vecindad vigilada entre Texas y Chihuahua supone un cambio radical respecto a la original y, para mí, lo más apetecible de este remake. Espero, deseo, también, que el asesino adapte su retorcido plan en profundidad, más allá del trueque de los nublados plomizos, los muebles de abeto y los grandes ventanales por las chabolas encaladas, los polizones renegridos y la calima.
El otro pilar de la serie son los dos investigadores protagonistas, la rarita Sonya North (la Saga Noren original es una asombrosa creación de la actriz Sofia Helin, replicada con soltura en The bridge por Diane Kruger) y el dicharachero Marco Ruiz (Demián Bichir en los zapatos del danés Kim Bodnia). Él es un tipo carismático, familiar, emocional, que se mete a la gente en el bolsillo sin esfuerzo, y ella una obsesiva solitaria con rasgos de Asperger a quien a duras penas soportan sus compañeros. Ambos irán limando asperezas con la dinámica clásica de las buddy movies (hay mucho paseo en coche en esta serie) y desarrollando una genuina relación de confianza y afecto a medida que el caso se va liando. Y se líará mucho.The bridge promete rescatar todo lo divertido de la trama de Bron/Broen y dejarnos pegados frente al ventilador mientras Sonya y Marco sudan la gota gorda por el desierto.
The bridge se estrena de forma simultanea en FOX Crime y FOX el 11 de julio a las 22.30

martes, 25 de junio de 2013

La vida eterna

En estos días de parón bloguero forzado he visto unas cuantas series nuevas (incluida la esperadísima The Bridge, de la que os contaré cosas en los próximos días), he terminado con otras (con algunas, para siempre: te hablo a ti, Glee), y me he quedado con las ganas de participar del merecido homenaje colectivo a Sexo en Nueva York. Hay material de sobra para no aburrirse en los próximos meses de calorazo y, personalmente, me he marcado el propósito estival de saldar una cuenta pendiente: ver entera Friday Night Lights. Antes de todo eso, lo primero es lo primero, y yo aún sigo tocada por la muerte de James Gandolfini. Sí, ya sé que ha pasado casi una semana y que vosotros, como yo, habéis leído todos los obituarios que se han ido publicando, pero jolín, sólo tenía cincuenta y un años, era un actorazo y cedió su facha al icono más representativo de la cultura de los últimos quince años. Dejadme que os suelte uno más, él se lo merece.
Le había visto en un montón de secundarios y nunca me había quedado con su nombre hasta que en el verano de 2001 me tragué The Mexican, una chorrada monumental donde él era lo único rescatable. El listillo de Gore Verbinski, ese director infecto con un olfato comercial atinadísimo, le fichó justo después del bombazo que supuso en Estados Unidos la primera temporada de Los Soprano. Gandolfini interpretaba a un asesino a sueldo homosexual, dulce y comprensivo, pero de gatillo certero, que se pasaba media película compartiendo confidencias con una Julia Roberts en modo mariliendre. Aquel Tony Soprano de saldo se merendaba en dos bocados y sin esfuerzo a la Roberts y al otro cabeza de cartel, Brad Pitt. Jamás volvió a pasarme desapercibida su imponente presencia, su corpachón, su voz y su sonrisa.
Me he criado venerando El Padrino y, sin embargo, en mi Olimpo de la ficción mafiosa, Tony Soprano es el capo de tutti capi. Es algo emocional: a Michael Corleone se le respeta y a Tony, se le quiere. Quizá sea porque la asombrosa interpretación de James Gandolfini se distancia de la ortodoxia Stanislavsky radical que distingue a la intensa familia Corleone. O puede que los ochenta y seis capítulos de Los Soprano te cambien la vida para siempre, como cambiaron la historia de la televisión. Una vez entiendes sus motivaciones, le ves bregar cada día, matar, robar, extorsionar, irse de putas, abrazar a sus hijos con todo el cuerpo, reír los chistes verdes de sus subalternos, discutir con su mujer, fantasear con su terapeuta, llorar porque su madre no le quiere, te das por vencida y asumes que ya nunca más tolerarás protagonistas impolutos, jamás lograrás empatizar con un héroe como los de antes.
Gandolfini carecía de la brutal seguridad del personaje que le ajustó David Chase y perdía los papeles con facilidad con los agobios de la fama. “La violencia me pone malo”, parecía pedir disculpas en las entrevistas con una timidez que descolocaba. Admirador confeso de Robert Redford, se asemejaba a un gran mastín, de natural manso y con un ladrido intimidante; lento y pachorra, pero capaz de arrancarte la cabeza de un bocado si te pasabas de la raya. Gandolfini era Tony Soprano en muchos aspectos. Comer y beber sin control era uno de ellos. No tenía esa cansina pulsión de muerte de las estrellas malditas: simplemente era disfrutón y no le apetecía cortarse. Años de jugosos steaks poco hechos, de zitti marinara, de parmesano, de bresaola y salami engullidos de pie, junto a la nevera, directamente del paquete de papel de cera. Era alguien capaz de cenar dos veces sólo porque la comida era suculenta, de incitar a un ex alcohólico a tomarse una copa por no beber solo, inconsciente, irresponsable y excesivo. Me apetece pensar que murió feliz, haciendo lo que quería, atontado por la borrachera y con el regusto fuerte de los langostinos con chile todavía en el paladar. Como me dijo alguien el otro día, pocas personas como él se van al otro barrio con la seguridad de tener garantizada la vida eterna.

sábado, 1 de junio de 2013

Estrellada

El otro día le recomendé Smash a una amiga teatrera. Te gustará, es sobre el backstage de un musical de Broadway¡Qué bien! Estoy falta de buenas series. Ah, no, no te equivoques, maticé, esta serie es muy mala. Me hubiera encantado que el último capítulo, que se emitió el domingo pasado en NBC, la redimiera un poquito, que hubieran encontrado la manera de repetir la fórmula de aquel maravilloso piloto que nos deslumbró a todos hace un año y medio. Lamentablemente, el final ha sido digno colofón a sus descuajaringadas y esquizofrénicas dos temporadas.
La idea de partida (sublimada en el numerazo inaugural ‘Let me be your star’), dos chicas que se disputan el papel protagonista de una obra que recrea la vida y obra de Marilyn, ya era una estupidez. Querer equiparar el talentazo de Megan Hilty a los gorgoritos de Katharine Mcphee era como ver a Mariah Carey tratar de levantarle a la Streisand el papel de Fanny Brice. Pero el auténtico despiporre llegó cuando pasaron a cuestionar la calidad de la obra Bombshell, lo único que funcionaba como un reloj. Bombshell, el musical, es una pieza soberbia, composiciones con reminiscencias de Rodgers y Hammerstein y toques sofisticados, divertidos, irónicos al estilo del mejor Cole Porter, de una sincera cinefilia y mala leche refinada. Si los diálogos de la serie hubieran tenido la mitad de calidad que los versos de las canciones, Smash habría sido un clásico.
Con todo, a mí me ha descubierto algunas cosas importantes: la profunda vulgaridad de Debra Messing, más allá de los despropósitos de su guardarropía; la versatilidad del maravilloso Christian Borle, capaz de insuflar dignidad a diálogos propios de Ana y los siete; el potencial de Jack Davenport como malo sexy; a Will Chase, arrebatador galán cantando y bailando, y secundario olvidable en cuanto apagan la música; que, aunque se haya destrozado la cara, el carisma de Anjelica Houston sigue incólume; y, esto no era ninguna novedad, que yo me trago cualquier chorrada ubicada en Nueva York aunque sólo sea un rato.